El acoso escolar o bullying es una forma
de violencia prolongada y repentina, tanto mental como física, la cual es
contra llevada a cabo por una persona o por un grupo, contra un individuo que
no puede defenderse ante esta situación, lo que lo convierte en víctima
(Blanchard, 2007). Un comportamiento intencional de hacer daño, que es
repetitivo y duradero, en el que no media la provocación, en el que existe una
asimetría de poder entre agresor y víctima, y que puede ser de carácter físico,
verbal y/o psicológico (Benítez, Tomás de Almeida & Justicia, 2005; Olweus,
1993; Trianes, 2000).
El maltrato entre pares y su impacto en
el desarrollo psicoafectivo de niños y niñas son situaciones que generan un compromiso
social tanto para las instituciones educativas como para los profesionales que
se interesan por la investigación de las problemáticas de la infancia, ya que
las implicaciones del bullying en el desarrollo psicoafectivo de niños y niñas se reflejan principalmente en: inseguridad,
baja autoestima, establecimiento de relaciones afectivas con predominio fóbico
y poca adaptación social; inestabilidad en sus logros y alternancia en sus
estados de ánimo.
Los
colegios en donde se presenta el bullying, los iguales no son un factor
positivo para su desarrollo afectivo. En estos casos se rompe la simetría que
debe regular las relaciones y se generan y favorecen los procesos de
victimización en donde muchas veces, se produce un intenso daño en el
crecimiento personal y social de la víctima, del agresor y de los testigos
(Hoyos, 2005).
El
bullying implica un impacto en el desarrollo psicoafectivo de víctimas y
victimarios, y observadores a corto y largo plazo. La mejora en la convivencia
escolar debe ser una tarea en la que estén involucrados todos los sectores de
la comunidad educativa y constituir un eje vertebral sobre el cual dar
respuesta a la complejidad que supone el trabajo docente directo con alumnos
que aún no han adquirido suficientes hábitos de convivencia, de respeto muto y
de participación responsable en el aula de clases.
Infortunadamente es un fenómeno que escapa a
los ojos del profesorado y de las personas en general, debido a que en muchos
casos es imposible percibir o imaginarse la magnitud del proceso de
victimización por el que atraviesan los niños(as) (Meulen, 2003) y los colegios
hacen caso omiso de estas situaciones en la actualidad (Brendtro, 2001).
Las consecuencias del acoso escolar son
muchas y profundas. Para la víctima de acoso escolar, las consecuencias se
notan con una evidente baja autoestima, actitudes pasivas, trastornos
emocionales, problemas psicosomáticos, depresión, ansiedad o pensamientos
suicidas. También se suman a esta lista, la pérdida de interés por las
cuestiones relativas a los estudios, lo que puede desencadenar una situación de
fracaso escolar, así como la aparición de trastornos fóbicos de difícil
resolución.
Efectos del acoso escolar en el agresor:
En cuanto a los efectos del bullying
sobre los propios agresores, algunos estudios indican que los ejecutores pueden
encontrarse en la antesala de las conductas delictivas. También el resto de
espectadores, la masa silenciosa de compañeros que, de un modo u otro, se
sienten amedrentados por la violencia de la que son testigos, se sienten
afectados, pudiendo provocar cierta sensación de que ningún esfuerzo vale la
pena en la construcción de relaciones positivas.
Para el agresor, el bullying le dificulta
la convivencia con los demás niños, le hace actuar de forma autoritaria y
violenta, llegando en muchos casos a convertirse en un delincuente o criminal.
Normalmente, el agresor se comporta de una forma irritada, impulsiva e
intolerante. No saben perder, necesitan imponerse a través del poder, la fuerza
y la amenaza, se meten en las discusiones, cogen el material del compañero sin
su consentimiento, y exteriorizan constantemente una autoridad exagerada.
-Sarah Rivera

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